lunes, 10 de abril de 2017

MAESTROS INCLASIFICABLES: THOMAS MERTON

  • T. Merton y   Thich Nhat Hanh


    Thomas Merton fue una persona atípica, un buscador de la verdad y no le detuvo ninguna imposición cultural, ninguna tradición familiar, ningún dogma ni ninguna regla.

    Merton fue monje trapense en el monasterio de Gethsemani (Kentuky) en el que ingresó en 1942. Pero previamente tuvo una vida azarosa. Perdió a su madre a los 6 años y a su padre a los 18. Estudió letras en Reino Unido y en Nueva York. Tuvo un hijo ilegítimo del cual no quiso responsabilizarse y llevó una vida de estudiante bastante frívola hasta que conoció a un monje hindú que le hizo interesarse por el aspecto contemplativo de la espiritualidad. Dicho monje le recomendó leer y profundizar en la mística occidental antes de indagar en la oriental y así lo hizo. Merton se interesó especialmente por San Agustín. En 1938 recibió el bautismo en la religión católica y, tal y como hemos dicho, ingresó en la Trapa en 1942.

    De alguna manera Merton estaba destinado a escribir. Es tremendamente inusual que un monje trapense publique y todavía más raro que lo haga con su nombre secular (como monje recibió el nombre de Louis). Pero Merton había nacido en Francia y conocía bien la lengua. Comenzó haciendo traducciones y comentarios pero pronto su afición a la escritura se convirtió casi en una adicción. La montaña de los siete círculos fue su primer libro. Vio la luz en  1946 no sin dificultad. Contaba con el beneplácito de su abad pero con la firme oposición de la orden. En esta obra narra su conversión al catolicismo. De alguna forma, quizás de una forma muy pasiva pero muy pertinaz Merton logró hacer de la escritura una actividad habitual en contra de las  normas monásticas y restando tiempo a otras prácticas espirituales como la contemplación dato que no deja de ser curioso ya que la contemplación fue su principal motivación para iniciar una nueva vida como monje. 

    En 1949 sufre una fuerte crisis personal que estuvo  a punto de terminar en ruptura con el monasterio de Gethsemani. Desde entonces hasta principios de los 60 la evolución de Merton fue radical: de monje recoleto a activista político de izquierdas. Las profundas diferencias con el abad del monasterio y con la orden en general, provocaron que terminara viviendo en una ermita en los bosques de la abadía. Con el resto de la comunidad sólo compartía oración y rezos, el resto del día vivía solo en la ermita y pasaba las horas contemplando la naturaleza. Pronto la ermita se convirtió en punto de encuentro de filósofos, intelectuales y activistas de la época.

    Los años 60 marcaron un nuevo rumbo en la vida de Merton. Una relación amorosa, un cambio de abad en Gethsemani y el comienzo de su vida pública dando conferencias en Estados Unidos y en otros países del entorno, fueron los aspectos más importantes de esta etapa vital. Pero, sobre todo, lo que influyó en sus últimas obras, líneas de pensamiento y enseñanzas fue su aproximación al budismo donde, parece ser, encontró lo que siempre había estado buscando, desde que conoció a aquel monje hindú que le recomendaría transitar por un camino que, todo parece indicar, no era el suyo. Murió en circunstancias francamente extrañas tras dar una conferencia en Bangkok. Lo encontraron tendido en el suelo de su habitación del hotel en el que se alojaba, con una quemadura en un costado sin que se pudiera determinar la causa concreta de su fallecimiento.

    Merton fue poeta, escritor, docente, revolucionario, ecuménico y, sobre todo, vivió y escribió sin miedo, sin dogmas, sin apegos, con una mente inquieta y abierta. En 1972 se fundó el  Thomas Merton Center en la ciudad de Pittsburg con el fin de aliviar los estragos que estaba dejando la guerra de Vietnam. En la actualidad sigue abierto y pone en marcha proyectos para la paz. Acoge a personas de diferentes filosofías y religiones con este objetivo común.


    Obra de Thomas Merton en castellano (Fuente Wikipedia)

    ·       La montaña de los siete círculos. Edhasa. 2008. ISBN 978-84-350-0981-2.
    ·       Dirección espiritual y meditación. Editorial Desclée de Brouwer. 2004. ISBN 978-84-330-1939-4.
    ·       Orar con los salmos. Editorial Desclée de Brouwer. 2005. ISBN 978-84-330-2009-3.
    ·       Paz en tiempos de oscuridad. El testamento profético de Thomas Merton sobre la guerra y la paz. Editorial Desclée de Brouwer. 2006. ISBN 978-84-330-2100-7.
    ·       El signo de Jonás. Diarios (1946-1952). Editorial Desclée de Brouwer. 2007. ISBN 978-84-330-2148-9.
    ·       La vida silenciosa. Editorial Desclée de Brouwer. 2009. ISBN 978-84-330-2308-7.
    ·       Nuevas semillas de contemplación. Editorial Sal Terrae. 2008. ISBN 978-84-293-1486-1.
    ·       Ascenso a la verdad. Editorial Lumen, 2008, ISBN 978-987-00-0750-0
    ·       Correspondencia (1959-1968). Thomas Merton y Ernesto Cardenal, contiene 90 cartas entre el poeta nicaragüense y el monje escritor norteamericano; Trotta, Madrid, 2003
    ·       Pan en el desierto. editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1955. Traducción de Gonzalo Meneses Ocón
    ·       La vida silenciosa. Editorial sudamericana, Buenos Aires, 1958. Traducción de Josefina Martínez Alinari
    ·       La montaña de los siete círculos. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1950. Traducción de Aquilino Tur
    ·       El signo de Jonás. Editorial Jackson, Buenos Aires, 1954. Traducción de Julio Fernández Yañez
    ·       El Zen y los pájaros del deseo. Kairós, 1994. ISBN: 978847245308


viernes, 10 de marzo de 2017

EL EGO ESPIRITUAL

Nadie está libre de egocentrismo. Tampoco los que seguimos una vía espiritual.
Nuestra autoimagen ilusoria nos persigue y se impone incluso en la ejecución de la práctica, en los actos que consideramos como más puros, en el objeto de nuestra atención o en la aplicación de las enseñanzas.

Quizás el ego espiritual sea el peor de todos porque parte de la base de que somos especiales por habernos entregado al cultivo del espíritu, al autoconocimiento, a la trascendencia.

Con frecuencia, los maestros insisten en la gran suerte que hemos tenido al encontrar el Dharma, la Fe, el camino, el Tao, la vía, la fuente o como se denomine a la práctica espiritual en cada una de las religiones, tradiciones o movimientos. Generalmente nuestro ego tiende a malinterpretar esta indicación y nos hace creer que somos seres especiales que poseemos el tesoro de las enseñanzas a las que otros no tienen acceso, como si, por añadidura, el simple hecho de oírlas nos fuera a infundir sabiduría. Partir de esta base es fomentar la división entre seres humanos, por un lado estamos los “elegidos” y por otro los “ignorantes”, ¡pobrecillos!

 Se da la aparente contradicción de que necesitamos un ego potente para entregarnos a la práctica. El deseo de ser felices, de estar mejor con nosotros mismos y con los demás, suele ser la motivación principal para iniciar la búsqueda espiritual. Generalmente elegimos, la tradición, el movimiento o el maestro de nuestra preferencia y en esta elección influyen, desde luego, criterios racionales pero también factores emocionales. No obstante, la práctica debería dar lugar a una actitud más abierta y más humilde. Entonces ¿cómo saber si nuestra práctica se está pervirtiendo? Dicho en otras palabras ¿cómo reconocer cuándo la vía espiritual la estamos utilizando para engordar el ego? Estas son tres preguntas clave que nos podemos hacer para chequear nuestra práctica:

¿Cuáles son nuestras verdaderas motivaciones? ¿Son las mismas que cuando empezamos? ¿Han cambiado? Si es así ¿en qué sentido han cambiado? Lo que nos mueve a la búsqueda suele ser el deseo de estar en paz, felices, si ahora, la motivación principal es socializar, evadirse, el apego a un instructor o maestro, el refuerzo de nuestras propias creencias, etc., quizás estamos tirando de la vía espiritual para reforzar nuestra propia autoimagen.

Si llevamos muchos meses, años, décadas en esta vía ¿Despreciamos a los recién llegados? ¿Nos dirigimos a ellos con paternalismo, desde la superioridad de nuestra supuesta sabiduría? Hay personas que no han tenido nunca contacto con una corriente espiritual y que, por intuición, educación, inteligencia emocional, o por convencimiento personal, tienen una sabiduría natural que les hace compasivos, atentos y de una ética intachable. Hay personas que no han superado sus aflicciones y viven un auténtico tormento interno tras veinte años de práctica. No hay ningún motivo para creerse superior a otra persona. No hay ninguna necesidad de operar desde una posición de superioridad, más bien, hay que acoger y acompañar a las personas recién llegadas tanto para ayudarles en lo que podamos, como para recibir lo que ellos pueden aportar.

¿Tenemos la necesidad imperiosa de que todo el mundo se entere de nuestras experiencias, conocimientos, conducta, etc. relacionados con la práctica? Entonces el ego nos está gobernando, nos está diciendo: “ya que estás haciendo un esfuerzo, por lo menos que se entere todo el mundo”. Está volcando en los demás la imagen que tenemos de nosotros mismos. Tiene necesidad de protagonismo. Hay apego a la fama y al reconocimiento.

Es interesante hacer esta evaluación con frecuencia, estar al acecho de nosotros mismos, en especial cuando hay cambios tanto en nuestra vida como en el caminos espiritual que hemos elegido.

Para terminar e ilustrar este artículo,  voy a recurrir a uno se los grandes sabios Chan. Estos son unos versos del Xìn Xîn Ming (traducido como Canto al Corazón de la Confianza) del tercer patriarca Chan Jianzhi Sengcan:

            La Vía Suprema no es difícil.
            Tan solo evita la atracción y el rechazo.

            Cuando no hay apego ni odio
            su naturaleza luminosa se manifiesta.

            Pero si se crea la menor diferencia,
            Un abismo separa el cielo de la tierra.

viernes, 10 de febrero de 2017

NO HAY NADA CONTRA LO QUE LUCHAR: El uso del lenguaje bélico para referirnos a nuestra vida

Es frecuente oír expresiones cómo, venció la timidez, ganó la batalla al cáncer, es una luchadora, ha salido a comerse el mundo… Aunque este tipo de lenguaje forma parte del acervo lingüístico, o precisamente por eso, revela, por un lado,  un estado de continuo malestar con la propia existencia y, por otro, interpreta los acontecimientos dolorosos como algo ajeno a nosotros, algo que tenemos que expulsar de la frontera de lo que llamamos Yo. No se trata de quedarse cruzado de brazos, pasivamente, a esperar que una enfermedad avance o que un problema psicológico nos impida hacer nuestra vida normal. Por supuesto que, si tenemos medios a nuestro alcance, hay que utilizarlos para sanar, para salir de una situación problemática, pero no hay nada contra lo que luchar.

La enfermedad, la muerte, la vejez, las pérdidas, son parte de la vida, no son un enemigo que aparece de repente para complicarnos la existencia o ponernos a prueba. No hay un ente ajeno a nosotros mismos que juegue con nuestros destinos. En todas las vidas de todos los seres humanos se dan estas circunstancias. La resistencia a admitir que esto es y va a ser así, provoca aún más sufrimiento que las propias desgracias a las que nos podamos ver sometidos.

Por otro lado, los acontecimientos dolorosos nos obligan a desarrollar recursos internos que ni siquiera sabíamos que teníamos, nos hacen más humanos, en definitiva, nos hacen madurar.

En una sociedad como la occidental es muy difícil introducir el concepto de aceptación, entre otras cosas, porque lo confundimos con resignación. Aceptación es, simplemente, saber y “encajar” que va a haber acontecimientos dolorosos o desagradables en nuestra vida y reconocerlos cuando aparecen, lo cual no implica quedarse de brazos cruzados ante las dificultades, todo lo contrario, la aceptación de lo que nos pasa da impulso para buscar soluciones. Lo opuesto a la aceptación en la negación, el no querer reconocer que algo nos afecta, que estamos perdiendo facultades, que no tenemos habilidades para tal o cual cosa, etc. Y un mal aspecto de la aceptación teñido de fatalismo sería la resignación, la idea de que las cosas son de determinada manera y no tienen solución.

Quizás, sería mejor limpiar nuestro lenguaje y empezar a hablar en otros términos. En vez de vencer a la enfermedad, sanar; en vez de ser un luchador, vivir la vida con plenitud; en vez de ganar la batalla al cáncer, curarse.


lunes, 9 de enero de 2017

LOS PEQUEÑOS "DARSE CUENTA"

Quizás piense que mi vida tiene momentos muy aburridos, que, en general carece de orientación y sentido, que mis sueños se han visto frustrados en miles de ocasiones, que sufro de incomodidad y dolor a veces, que me merecería una vida mejor, más apacible, con menos preocupaciones y estrés.

Quizás no me he parado a pensar que muchas personas querrían estar en mi lugar tan aburrido y anodino, que querrían que sus únicas preocupaciones fueran las que me torturan en este momento, tan nimias para ellos. Que hay personas que sólo conocen la guerra a su tierna edad. Hay otras atrapadas en una frontera entre Grecia y Turquía.
Quizás no he caído en la cuenta de que hay quien sufre dolor crónico, maltrato sistemático, persecución y privación de libertad por el mero hecho de tener ideas propias.
A lo peor no me acuerdo de que hay personas cuyos derechos son ignorados hasta límites inimaginables, y, lo que es más grave, que no saben que los tienen y por lo tanto no pueden ayudarse entre ellos ni a sí mismos.
Probablemente no me he parado a pensar qué sienten los padres de un niño muerto, o psicótico, o gravemente enfermo, cuáles serían sus preocupaciones antes de que este acontecimiento invadiese toda su vida ¿serían las mismas tonterías que dan vueltas en mi cabeza?
Tal vez no me dé cuenta de que un porcentaje muy grande de la humanidad carece de la más mínima instrucción y no tiene acceso a la educación. Quizás no me dé cuenta de que a mis antepasadas se les negó el derecho a aprender a leer por ser mujeres.
Quizás esté ignorando todos los recursos que tengo para hacer frente a la adversidad, para luchar contra la injusticia, para reivindicar mis derechos y los de los demás.
Puede que ni siquiera sea capaz de imaginar lo que es ser secuestrado y vivir cautivo durante años.
A lo peor no me estoy dando cuenta que una flor de invierno es un pequeño milagro y que tengo cada día una cama donde acostarme, un plato de comida y agua caliente.
Quizás la sonrisa de un crío, el gesto generoso de un compañero, el trabajo inmenso que hay detrás del plato de lentejas que me estoy comiendo, me estén pasando desapercibidos.

Quizás, el problema, el único problema, es que no me estoy dando cuenta…

miércoles, 30 de noviembre de 2016

FELICIDAD NO ES AUSENCIA DE PROBLEMAS

La felicidad se ha convertido en un producto comercializable. Hay numerosas ofertas de cursos y talleres, libros de autoayuda  y terapias que garantizan ser más feliz, y no sólo eso, ponen un plazo. En la variedad de productos existentes para alcanzar un mayor grado de felicidad hay gente muy seria, con una formación y base sólidas que facilitan al interesado un camino a recorrer en el que el principal protagonista y responsable de su bienestar es uno mismo. No ofrecen milagros y advierten de la necesidad de adquirir un determinado grado de compromiso con las prácticas que se prescriben. Sin un mínimo esfuerzo no hay ninguna evolución hacia una mayor consciencia y, por tanto, hacia un mayor bienestar.


No obstante, en el inmenso popurrí del mercado alternativo tanto espiritual como terapéutico, hay mucha gente que se apunta al carro de la última tendencia con el único y exclusivo fin de hacer caja. De repente un terapeuta craneosacral es experto en mindfulness de la noche a la mañana, un profesor de yoga hace terapia integrativa y un personaje de profesión indefinida lo mismo nos guía hacia nuestra diosa interior como nos ofrece una terapia infalible sobre los 7 obstáculos que impiden que seamos felices.

Abrumados como estamos por los problemas cotidianos, es fácil caer es este tipo de productos comerciales sin base ni conocimiento real. Lo que queremos es que nuestros problemas desaparezcan y hay gente que intenta convencernos de que con un acto de simple voluntad esto puede suceder. Para ello utilizan frases de grandes maestros sacadas de contexto, cuyo mensaje original se pervierte para servir a los intereses individuales de gente con pocos principios. La solución no es tan sencilla.

Para empezar la felicidad no es que el mundo se transforme para favorecer nuestros intereses y nuestro bienestar, la felicidad es un estado interno que pasa, en primer lugar, por la aceptación. La aceptación no es resignación, es el simple reconocimiento del estado de nuestra realidad en este momento: en este momento estoy enfadada; en este momento me siento inseguro; en este momento estoy gravemente enferma; ahora estoy en paz; etc. Partiendo de esa aceptación hay un largo y laborioso trabajo de autoconocimiento y de aprendizaje. Lo primero que tenemos que aprender es que no somos nuestros pensamientos, que no somos nuestras emociones, que ambos son perecederos y que no nos podemos dejar dominar por ellos. En definitiva, aprendemos a gestionar nuestros estados mentales, a verlos con distancia, a darles la importancia que tienen como hechos efímeros y transitorios y, así, a relacionarnos con ellos de una forma bondadosa y tolerante, como si observáramos la rabieta de un bebé. Poco a poco, vamos adquiriendo un estado más ecuánime y sereno y vamos desarrollando recursos para no dejarnos dominar por nuestros estados mentales. El desarrollo de estos recursos proporciona a su vez un estado de sereno contento interior más allá de nuestras circunstancias personales. Esa es, probablemente, la aproximación más exacta a la felicidad que la mayoría de los mortales experimentaremos a lo largo de nuestra vida. La felicidad no es estar alegre siempre y compulsivamente. Ni siquiera es ser positivo. Ver siempre la parte buena de las cosas y esconder la parte mala nos puede llevar a un agotamiento mental contraproducente. Las cosas son de muchos colores  y no son como queremos que sean, son como son. Si bien es cierto que la interpretación de la realidad puede empeorar mucho nuestra visión de las cosas, también es cierto que las puede teñir de rosa cuando son más bien grises. En resumen, obviar la parte que no nos gusta, sirve para aumentar nuestra neurosis.


Ser feliz pasa por aceptar que en una vida puede haber aconteceres de signos muy diferentes y que podemos relacionarnos con todos ellos de una manera ecuánime y bondadosa haciéndoles un hueco en el proceloso ir y venir de las cosas.